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Monday, June 19, 2006

Curiosa convocatoria a la inversión




El gobierno se llena la boca tratando de convencer a los inversores extranjeros de las bondades de invertir en el país pero con sus acciones ahuyentan incluso a los más arriesgados.

Mientras el gobierno se dispone a impulsar una oficina pública para atraer inversiones, Kirchner ha dicho que quiere que vengan inversiones extranjeras, al tiempo que De Vido dijo que la Argentina estaba abierta a las inversiones del exterior.

Lo curioso de estas declaraciones y convocatorias al capital extranjero es que se formulan en un contexto en el cual las empresas del exterior se van del país pegando un portazo, otras pegan el portazo y le inician juicios al Estado argentino por incumplimientos de los contratos y otras, hartas de tantas arbitrariedades en las reglas de juego, optaron por entregar las llaves de las compañías y desearnos que Dios nos ayude.

Estas convocatorias a las inversiones también se hacen en un momento en que buena parte del empresariado local, salvo honrosas excepciones, está atemorizado de abrir la boca y formular la más mínima crítica a las políticas públicas. El que no tiene miedo a sufrir un ataque desde el atril presidencial, le teme a las hordas piqueteras adictas al gobierno o a alguna “profunda” inspección de la AFIP.

El estado de temor en el mundo empresarial es realmente llamativo dentro de un gobierno que se supone democrático, estado de temor, insisto, que no es extensible a todos los empresarios argentinos, dado que algunos pocos han privilegiado su condición de ciudadanos y denuncian los atropellos institucionales del actual gobierno.

A tal punto llega el miedo que, el martes pasado, en mi programa de cable que se emite por la señal Política y Economía, Luis J. Ramos formuló una acertada y valiente crítica al comportamiento del gobierno (la entrevista completa, clickear). El gran mérito de Luis Ramos consiste en que es un empresario muy conocido del sector inmobiliario y, sin embargo, demostró un gran coraje al momento de decir las cosas tal cual son. Esa actitud de valentía se tradujo en infinidad de llamadas y mensajes de correo electrónico que recibí, en los que felicitaban a Luis Ramos. ¿Qué demuestra esto? Que la gente, por un lado, está cansada de tanto patoterismo pero, por el otro, no se anima a hacer lo que hizo Luis Ramos. Levantar la voz, no ya como empresario, sino como un hombre que antes que empresario se siente ciudadano.

Ahora bien, si unos se van pegando portazos, otros haciendo juicios y muchos están atemorizados de hablar, ¿quién puede pensar que alguien va a invertir en la Argentina? ¿Qué resultados positivos puede tener una nueva oficina estatal para atraer inversiones si todo el que pone plata en Argentina es tratado como el enemigo? ¿Quién puede confiar seriamente en las convocatorias de Kirchner y De Vido a invertir, si la condición para poner plata en el país es someterse a los caprichos y amenazas públicas del gobierno? ¿Quién puede pensar en invertir en un país en el cual el señor Moreno parece disfrutar haciendo el papel del guapo del 900? ¿Quién puede poner su capital en la Argentina para que luego el gobierno le diga a qué precio tiene que vender, qué costos tiene que tener, cómo debe abastecer el mercado y cuánto tiene que ganar?

Por supuesto que siempre va a haber algún pseudoempresario que, rindiéndole pleitesía al gobierno, consiga algún nicho de mercado para hacer un negocio. Sin embargo, esos pseudoempresarios deberían pensar varias veces lo que van a hacer, porque este gobierno ha demostrado en infinidad de oportunidades que aquellos que confiaron en él luego fueron traicionados y sentenciados sin la más mínima compasión. Eduardo Duhalde, María del Carmen Alarcón, Rafael Bielsa y Daniel Scioli son algunos de los ejemplos que pueden darse al respecto. Si los aliados políticos del gobierno fueron sancionados inmediatamente por expresar sus propias ideas, ¿por qué un empresario prebendario no va a sentir el rigor del poder en el momento más insospechado?

Considerando que las instituciones han sido arrasadas y el poder se ha concentrado en una sola persona, al estilo de los gobiernos autocráticos, el riesgo institucional argentino pasa a tener nombre y apellido: Néstor Kirchner. El que invierte en la Argentina sabe que el futuro de su capital no depende tanto de su habilidad como empresario, sino de los humores presidenciales, justamente la antítesis de lo que ocurre en los países que han conseguido desarrollos económicos sostenidos gracias a la vigencia de un Estado de Derecho que hace previsibles las reglas de juego que regirán en el futuro.

Sin embargo, los riesgos de invertir en la Argentina no se limitan, solamente, a los caprichos gubernamentales dada la ausencia de un gobierno sujeto a la ley. El otro gran riesgo tiene que ver con una estructura de precios relativos que hace agua por todos lados. Salarios artificialmente bajos medidos en dólares, fuerte emisión monetaria para sostener el tipo de cambio, precio de los servicios públicos atrasados, problemas en el abastecimiento de combustible y energía, controles de precios por doquier, entre otros, crean un escenario a futuro que se traduce en un secreto a voces: vamos de cabeza a otro Rodrigazo, cuya intensidad sólo Dios sabe cual será. Aunque todos saben, incluso el gobierno, que la ensalada de precios relativos que se ha montado para disfrazar la realidad inflacionaria conduce a una crisis futura.

Ese secreto a voces también conspira contra cualquier convocatoria a realizar inversiones en la Argentina porque nadie va a animarse a poner un peso en este contexto de incertidumbre. Es más, muchos deben tener fresca en la mente aquella famosa frase de Kirchner, al inicio de su gestión, frente a empresarios españoles, cuando les preguntó: “¿Quién los asesoró en los 90 para que ustedes invirtieran en la Argentina?”. Viendo el escenario económico e institucional actual, en el futuro otro presidente puede preguntarle a alguien que tenga la temeridad de invertir en nuestro país: “¿Quién lo asesoró? ¿No sabían que los precios relativos estaban totalmente distorsionados e íbamos de cabeza a otro estallido? ¿No sabían que las reglas de juego eran totalmente imprevisibles?”.

En definitiva, las convocatorias de Kirchner y De Vido a los capitales extranjeros para que vengan a la Argentina no se condicen con el comportamiento del gobierno frente a las inversiones ni con las reglas de juego que imperan en estas latitudes. En todo caso, lucen más a una postura frente a la opinión pública similar a la convocatoria al pluralismo político del 25 de mayo, que a una verdadera convicción sobre la necesidad de atraer capitales.

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