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Thursday, June 22, 2006

Un equipo consolidado en sus virtudes


Por Víctor Hugo Morales

Sin desenvainar, por presencia y actitud, con la gallardía de quienes han demostrado tener resto, la Argentina le ganó a Holanda. Es verdad que los goles no fueron anotados en la historia de los mundiales, que no hay estadística que los registre, pero esa fue la diferencia. Los goles fueron de Maxi y Tevez, se presume. Y tal es el partido que ha de comentarse en esta página, hartos de que sean los resultados los que le dan razón a todo.

Vamos a correr diez centímetros los palos para tener razón, para negarle a la estadística ese empate con el que pretende despojar a la verdad de sus atributos.

Que Holanda no generara por su cuenta una sola jugada ofensiva, que a su pretensión de ser el rey teniendo la pelota se le cayera la corona a los pies de Riquelme, Messi, Tevez, Cambiasso y Maxi, y que los 30 mil hinchas vestidos de naranja bajaran el volumen de sus voces hasta la retirada perpleja por el bosque que rodea el estadio, fue la obra de un equipo consolidado en sus virtudes.

La actitud que ha cambiado a partir de dejarle a Mascherano la responsabilidad de ser, él mismo, dos número cinco, y que esto no implique perder a Cambiasso, ha puesto a la Argentina veinte metros mas adelante que el resto de los equipos del Mundial. La medida de la profundidad no es el solitario jugador que la mayoría pone contra los zagueros rivales, sino el sitio donde empiezan a marcar los delanteros, el número de jugadores que están en actitud ofensiva cuando se tiene la pelota.

La calidad de la defensa no sufrió alteraciones por los ingresos de Milito y Cufré, aunque para ser justos debe decirse que el resultado fue dos a uno, culpa de un penal absurdo que cometió Gabriel, increíblemente no sancionado por el árbitro y del que debe tomarse nota, porque el Mundial, tan breve, no perdona errores de esa naturaleza.

Sin embargo, tácticamente, ambos suplentes jugaron con una solvencia que traslada los elogios tributados al equipo, al plantel utilizado hasta el momento.

Si Riquelme pudiera resolver más rápido la salida, no condicionando siempre su talento a una exagerada retención de la pelota y de los tiempos, el rendimiento propio y el del equipo sería aun más difícil de contrarrestar. Cuando acelera y participa con su increíble claridad mental, en el ritmo de los más atrevidos, la Argentina se empina hasta la cresta de la ola más alta del torneo.

La grandeza de Mascherano, la solvencia implacable de Ayala, la fiereza de Maxi y ese Pato imperturbable que domina el área en cada centro o mano a mano, sumados a la habilidad y rapidez de Tevez y Messi, fueron demasiado para una Holanda que voló bajo y sin imaginación a partir de los cambios que realizó Van Basten.

Los europeos no quisieron quemar naves para recibir el bonus de jugar ante México, ya que en eso, imprevistamente, se ha convertido el seleccionado de Lavolpe. Holanda jugó a salvar la ropa, defendió el llamativo historial que tiene ante la Argentina y guardó su poderío para una ocasión más definitoria. La del próximo domingo, por ejemplo.

Entonces, la Argentina se quedó con el grupo y con ese derecho de afrontar ahora un partido que tiene -en la superficie- solo el riesgo de lo que parece ganado de antemano. Herido por una guerra impiadosa contra su director técnico, México ha sorprendido con un juego que, hasta hoy, es un inesperado e inexplicable retroceso en la evidente superación internacional de los últimos años.

Cuesta encontrarle una vuelta negativa al partido, pensándolo desde la vereda argentina, con los antecedentes y el presente en la mano. Como el de Ghana superando a Brasil, lo de México derrotando a la Argentina se presenta como un batacazo que nunca se ha visto en los mundiales.

La camiseta, la calidad de los jugadores, la condición espiritual de estos días, aleja demasiado a un cuadro del otro. Solo porque esto es fútbol, tan absurdo a veces, podría entenderse un resultado negativo para Argentina.

El diablo tendría que meter la cola, y hay que cuidarse. Aun flota en el ambiente, en el humo espeso y el olor a cereza de la Auerbachs Séller -la cervecería donde transcurre alguna escena del Fausto de Göethe, en pleno corazón de Leipzig- el espíritu burlón de Satanás.

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