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Saturday, June 10, 2006

Volver

Marcos Aguinis
Volver… aunque sin la frente marchita, pero con las nieves del tiempo que platearon mi sien, es un ejercicio de salud, alegría y dolor. Al término de muchos meses, retomar contacto directo con la realidad argentina, aunque sea por pocas semanas, permite abrazar las raíces y oler la fragancia del enramado. Los colores de otoño y la intensidad de los afectos se conjugan para que la tonalidad del análisis se vuelva positivo. No es igual conversar sobre la Argentina a miles de kilómetros, que hacerlo dentro de ella, en sus intestinos angustiados o en los nerviosos latidos de su corazón.

Llegué para el 25 de Mayo. Vi carteles que proclamaban veneración por la efemérides, muchas banderas, convocatoria a la plaza que protagonizó el nacimiento del primer gobierno, afirmación de que “el pueblo ya sabe de qué se trata”. Como la Argentina es un país de novela, mi suspenso se transformó en sorpresa, porque pese a las hábiles pistas falsas del argumento, no se festejaba el cumpleaños nacional, sino algo distinto: el trienio de un presidente.

La generosidad de nuestra sociedad se expresaba en ese momento con un vigor incomparable, porque concedía con largueza una de sus instituciones más amadas al proyecto político de una fracción. ¡Antológico! Ningún otro país del mundo se prestaría a semejante desprendimiento. Es imposible que Francia ceda su 14 de Julio o Estados Unidos su 4 de Julio o Israel su 14 de Mayo o España su 12 de Octubre para que un partido, un político o un proyecto parcial lo usufructúe.

Nuestra novela mantuvo su coherencia, como si la guiase un eximio escritor. La convocatoria del 25 de Mayo no era, en efecto, para celebrar el 25 de Mayo. Fue demostrado por el discurso oficial, donde se habló de un dudoso pluralismo que abría un nuevo suspenso, pero no hacía referencias al cumpleaños de la patria.

Recordemos que en una novela, cuando se realiza un desvío, es obligatorio reforzarlo con posteriores hechos. Aquí se procedió con esa eficacia, así los lectores no se confundían: el Presidente no estaba allí por la fecha patria, sino por la fecha de su mandato y tuvo la delicadeza de no ponerse la banda oficial; tampoco se hizo acompañar por los ex presidentes de la democracia (excepto uno) para inyectar energía a los valores institucionales que están por encima de las coyunturas. El deseo de liquidar cualquier equívoco llevó a boicotear de forma contundente la tradicional función de gala del 25 de Mayo en el Teatro Colón.

Era coherente con lo que venía sucediendo: los granaderos hicieron su solemne guardia de honor, pero quedaron frustrados porque el Presidente no fue, el vicepresidente no fue, los principales ministros no fueron, casi todo el cuerpo diplomático –enterado de lo que pasaba– tampoco fue, y el espectáculo no se preocupó de lucir las joyas culturales que constituyen nuestras orquestas y cuerpos de baile, sino un dúo meritorio, pero inapropiado para la estatura de la efemérides. Quienes no habían entendido las páginas de esta novela tan original permanecieron con la boca abierta o tuvieron ganas de llorar.

Ahora, esta generosidad puede ir más lejos, volver a cambiar la Constitución, meterse con la letra del Himno o modificar el Escudo, como hizo Hugo Chávez. En una novela todo es posible, si se lo hace con la prestidigitación del buen arte.

Nuestro país no da respiro. Es un thriller donde los héroes se transforman en villanos con vertiginosa rapidez. Los sorprendentes nuevos villanos (que hasta hace poco eran héroes) no merecen gratitud y son aplastados como cucarachas. Resulta admirable, empero, que las suelas de quienes pisotean ahora hayan caminado en fraterna compañía de esas odiadas cucarachas, ayer.

En este sentido es admirable la generosidad argentina, porque apela a una amnesia más compacta que la de Cien años de soledad, para olvidarse de que quienes ahora detestan con tanta furia a los héroes del pasado –a Menem con su amplio cortejo de socios obsecuentes, a Duhalde con su activo aparato y a Lavagna con su talento de timonel económico– fueron los vehementes defensores de Menem, Duhalde y Lavagna. Por momentos pareciera transformarse la novela en un teatro donde los actores cambian sus máscaras para generar perplejidad. De esa forma, en la Argentina nunca cesan las sorpresas y nadie se aburre.

Es de lamentar, sin embargo, que en el extranjero nos traten cada vez peor. No nos entienden, son mezquinos y envidiosos. Los extranjeros son muy estúpidos. Ya no hablan casi de nosotros, les parecemos irrelevantes, no confiables y un modelo poco ejemplar. Cuando se refieren a los argentinos, es para criticar, reír o asustarse. No entienden los mensajes que la actual administración envía al Universo. Por ejemplo, ha causado estupor el desplante del Presidente a la reina de Holanda, sin entender que de esa forma demostraba la gallardía desdeñosa del ensoberbecido plebeyo ante la cuestionable sangre real.

Tampoco entienden que seamos los más activos defensores del medio ambiente, con discursos enfáticos en foros internacionales, donde se ataca a las papeleras en Uruguay, pero sin ruborizarnos por la fetidez del Riachuelo ni las plantas contaminantes que salpican varias partes del territorio argentino. No cualquiera puede mostrar tanta fortaleza de carácter para atacar la paja del ojo ajeno sin ver las muchas que ciegan el nuestro.

El manoseo al Consejo de la Magistratura para convertirlo en un órgano funcional no tiene gran diferencia con el manoseo de la Justicia que se realizó en la administración menemista. Es preciso darse cuenta de que, al revés de lo que piensan críticos apresurados, de esa forma se mantiene una firme continuidad subterránea de ciertos disvalores y se derriban las calumnias de que aquí siempre se comienza de cero y se da la espalda a cosas importantes del pasado. El pasado es tan importante que pareciera que viviésemos treinta años atrás. ¿Quién nos gana?

La Universidad de Buenos Aires es un tema mayor, también admirable. En los países exitosos las universidades sirven para entrenar a técnicos, científicos e investigadores que contribuyan de forma decisiva al progreso. Aquí, en cambio, nos mantenemos aferrados a las glorias del comienzo del siglo pasado, cuando nació la Reforma Universitaria.

El esfuerzo no se hace para ir hacia adelante, sino hacia atrás, hacia el paraíso perdido. Una antigua sentencia indica que “los libros deben seguir a la ciencia y no la ciencia a los libros”. En la Argentina somos tan lúcidos que procedemos al revés. Es decir, no es la ideología la que sigue a la ciencia, sino la ciencia la que se adapta a la ideología. Por lo tanto, no se pierde el tiempo en discutir la excelencia y la innovación educativa o sus métodos y estructuras más eficientes, sino en imponer un color partidario.

La UBA debe ser una institución ideológicamente condicionada, como ocurría en décadas pretéritas. Para que esto se logre, en admirable contramarcha de lo que sucede en todas partes, incluso China, Rusia y Vietnam, en nuestro país de novela es posible que la distracción que genere el Mundial de fútbol sea utilizada para realizar su intervención por decreto y someterla a la infalibilidad del Poder Ejecutivo. Sería una maniobra de genial sofisticación política. Quizás algunos críticos se atrevan a levantar su protesta, pero deberían aplaudir –otra vez– la generosidad argentina de entregar esa enorme institución mientras se extasía con las peripecias de la selección nacional, haciendo un desprendimiento que no es de este mundo.

En el avión pude aflojarme al comprobar que no era cierto que a la Argentina no la tuviesen en cuenta. Además de publicarse aquello que se considera malas noticias, había muchos turistas norteamericanos. Estaba lleno de curiosos turistas norteamericanos. Algunos no sólo pretendían recorrer el país, sino afincarse. Decían que ruedan de boca en boca versiones entusiastas sobre las maravillas argentinas. No sólo sobre la calidad de las carnes y el florecimiento del tango, sino sobre el número de manifestaciones culturales, los sectores donde la calidad de vida es envidiable y donde hay buenos negocios para los que saben invertir.

A estos turistas, por suerte, no les importa que el Gobierno sólo trabaje por el día a día, sin perderse en la nebulosa de miradas estratégicas. Tampoco les importa que se convoque al pluralismo en la Plaza de Mayo y luego se aclare que el pluralismo no es tal.

Tampoco que el Presidente diga que no se debe hablar de elecciones mientras hace campaña. Tampoco que en las provincias se aceleren reformas constitucionales para la reelección eterna de los gobernadores. Tampoco que la publicidad oficial se destine en forma arbitraria. Tampoco que falten políticas de Estado ni se encaren reformas estructurales. Tampoco que se quiera extirpar cualquier brote de oposición eficaz. Nos acompaña la fortuna de que esos turistas no se dedican a investigar detalles menores, irritantes, y sólo lo quieren pasar bien.

En la Argentina compruebo que, en efecto, muchos lo pasan bien. Y los que se acoplan a quien por el momento tiene la sartén por el mango y el mango también, más que bien.

2 Comments:

Blogger Louis Cyphre said...

Me encantó lo del "páis de novela", de novela de terror.

11:37 AM  
Blogger DLP said...

Lo del plantón a la reina de Holanda fue porque no se le ocurrió tratar de quedar bien para convencerla de que intercediera ante la corte de La Haya por la disputa de las papeleras. No es que la reina estuviera en posición de hacer algo pero, dada la mentalidad "lobbista" del Presidente no me hubiera extrañado que lo hiciera. Se le habrá pasado. "No she puede eshtar en todo", dicen que declaró a Eduardo Van der Kooy y Mario Wainfeld.

7:26 PM  

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